Sheminí 26-1

Sheminí 26-1

Octavo

Levítico 9:1-16

Por Dr. K. Blad

Y Moisés dijo: Esto es lo que el SEÑOR ha mandado que hagáis, para que la gloria del SEÑOR se aparezca a vosotros. 

(Lev. 9:6 LBLA)

¿Queremos ver la gloria del Eterno?

El Eterno desea manifestar su gloria en medio de su templo. Para poder llegar a ese fin era necesario eliminar el pecado primero de la familia del sumo sacerdote y luego del pueblo. Los sacrificios de los animales sin defecto servían para cubrir los pecados de los hijos de Israel, pero no los pudo quitar del todo. Sólo el sacrificio del Mesías hecho una vez por toda la raza humana desde Adám en adelante es capaz de quitar los pecados del hombre. Sin embargo, los sacrificios de los animales son necesarios para que la gloria del Eterno pueda ser manifestada en su templo terrenal sin que los hombres, que todavía tienen el pecado en su naturaleza, mueran por esa gloria.

Ahora había llegado el momento de iniciar el culto al Eterno en el tabernáculo. Los sacrificios no eran un fin en sí, sino sólo medios por los cuales la presencia visible del Eterno podía manifestarse y permanecer en el pueblo. Esa presencia de Su gloria, esa shejiná, era la meta de todo el culto del tabernáculo y ahora había llegado el momento de poder experimentar la entrada de esa gloria de manera visible.

En el versículo 4 está escrito que HaShem mismo se iba a aparecer a los hijos de Israel, pero en el versículo 6 habla de la gloria el Eterno. Esto nos enseña que la gloria del Eterno es su presencia, es Él mismo de manera manifestada. Él es invisible pero puede manifestarse de manera visible al ojo humano.

 

Pero no sólo eso, la presencia de la gloria del Eterno es algo que también afecta las emociones. Es posible no solamente ver sino también sentir su gloria. Hoy en día no podemos ver su gloria en medio del pueblo, porque aún no tenemos el templo en Yerushalayim, pero sí es posible sentir y es posible vivir y caminar en ese sentimiento de su inmediata presencia en nuestros templos personales.

Esa gloria, esa presencia del Espíritu del Eterno, es más valiosa que cualquier cosa de este mundo. Su cercanía en nuestras vidas es más válida que todo lo demás. El anhelo por esa gloria es la aspiración más alta que un hombre pueda tener y la Torá nos enseña el camino para poder ver, recibir y vivir en esa gloria.

La Torá Viviente es la manifestación de esa gloria aparte del templo edificado por manos humanas, como está escrito en Juan 1:14: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó (literalmente: puso su tabernáculo) entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.” (LBLA)

En la oración del Sumo Sacerdote Celestial vemos también la gran aspiración del cielo de mostrar la gloria del Eterno a los hombres, como dice en Juan 17:22, 24: “La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno… Padre, quiero que los que me has dado, estén también conmigo donde yo estoy, para que vean mi gloria, la gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo.” (LBLA)

La remisión del pecado es una condición muy importante para poder ver su gloria. Otra de las cosas que la Torá nos enseña es la obediencia a los mandamientos. El versículo que hemos destacado nos enseña que para poder ver la gloria del Eterno hay que hacer lo que él ha mandado que se haga.

¿Queremos ver la gloria del Eterno? Entonces tenemos que hacer lo que él nos ha mandado. Y esto no es un mensaje principalmente individual, sino colectivo. Por eso dice “a vosotros”.

¿Deseamos realmente la gloria del Eterno entre nosotros? ¿Estamos dispuestos a combatir el pecado en todas sus formas y obedecer al Eterno en todo lo que nos manda?

Shavua tov,

Ketriel

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