Janucá

Entendiendo Janucá

Janucá es una celebración muy importante para el pueblo judío, a pesar de no encontrase en la Torá, no podemos pasar por alto el contenido espiritual de la misma.

Los Rabinos nos enseñan algo muy interesante que sucede al final del capítulo 23 de Levítico. Al finalizar el resumen de las fiestas bíblicas, inmediatamente la Torá dice:

Habló Hashem a Moisés, diciendo: Manda a los hijos de Israel que te traigan para el alumbrado aceite puro de olivas machacadas, para hacer arder las lámparas continuamente. Fuera del velo del testimonio, en el tabernáculo de reunión, las dispondrá Aarón desde la tarde hasta la mañana delante de Hashem; es estatuto perpetuo por vuestras generaciones. Sobre el candelero limpio pondrá siempre en orden las lámparas delante de Hashem. (Levítico 24:1-3).

Para algunos Rabinos esta es una fuerte alusión a la festividad de Janucá, que la Torá está proféticamente anunciando.

En el judaísmo Janucá es normativa, pues en ella está la ordenanza rabínica (mitsvá D’Rabanan) de encender las luces de Janucá. Esta ordenanza está inspirada en los dos milagros que ocurrieron: El triunfo del pequeño ejército de los Macabeos, y el milagro del aceite que duró ocho días cuando sólo debió durar uno por poseer una sola redoma de aceite.

Podemos notar la importancia de esta festividad para el judaísmo si echamos un vistazo a las bendiciones que se recitan:

“Bendito eres Tú, oh Eterno, Dios nuestro, Rey del Universo, que nos santificaste con Tus preceptos y nos ordenaste encender la vela de Janucá”.

“Bendito eres Tú, oh Eterno, Dios nuestro, Rey del Universo, que obraste milagros con nuestros padres en tiempos pasados, en esta época.”

El primer día se agrega:

“Bendito eres Tú, oh Eterno, Dios nuestro, Rey del Universo, que nos preservaste la vida, nos conservaste y nos permitiste llegar a este tiempo”.

"Encendemos éstas velas con motivo de las salvaciones, milagros y maravillas que has realizado para con nuestros antepasados en aquellos días en esta época, por intermedio de Tus Santos Sacerdotes. Estas luces son sagradas durante los ocho días de Janucá, y no nos es permitido emplearlas de ninguna manera sino solamente observarlas para agradecer y alabar Tu gran Nombre, por Tus milagros, maravillas y salvaciones."

Que hermoso es ver cómo el pueblo judío cumple el propósito de su constitución como nación santa y pueblo de Dios, apartando para El Eterno un tiempo específico, en este caso los ocho días de Janucá. De aquí aprendemos una gran lección: durante nuestro caminar por este mundo, debemos santificar y llenar de luz, todo lo que nos rodea, incluso el tiempo.

Cabe mencionar a modo de aclaración, que la mitsvá del encendido de la vela de janucá es exclusiva para el pueblo judío, por lo tanto el no judío temeroso de Dios aunque celebre la festividad y enciendas las velas no debe pronunciar las bendiciones antes presentadas.

Ahora bien, la festividad está envuelta de varios significados y simbolismos. De hecho, Janucá comparte raíz con la palabra Jinuj que significa educación. Trataremos con la ayuda del Eterno presentar una reflexión que nos eduque para seguir por los caminos de la eternidad.

Para conocer el marco de la historia debemos mirar el primer libro de Macabeos. Se nos cuenta a modo de introducción, acerca del reinado de Alejandro el Grande, cómo conquistó el mundo de su época. Algo importante es recalcar que su ideal no sólo era conquistar militarmente sino también cultural y filosóficamente.

La corta vida de Alejandro no le permitió cumplir su sueño, ver un mundo unificado (“Nuevo orden mundial”) dirigiéndose a un solo destino, el helenismo. A pesar de su muerte se levantó un cuerno pequeño y perverso de su reinado, como el mismo libro lo dice. Este Rey, llevaría el deseo por el helenismo a un nivel excéntrico y completamente nefasto.

Este nuevo Rey es Antíoco IV Epífanes. El rey después de sufrir una aplastante derrota en una batalla en Egipto, se desquitó de su ira. Primero irrumpió en Jerusalén llevándose todo el oro del templo, luego volvió para instalar la

“abominación desoladora” vaticinada por Daniel, en el capítulo 8 de su libro. El libro de Macabeos describe la horrible tribulación de aquellos días.

Lo preocupante de esta tribulación a diferencia de lo que trato de hacer Aman, era que no tenía que ver meramente con la exterminación física del pueblo judío sino con su exterminación espiritual. Preguntémonos ¿Qué define al judío? Su Alianza con Dios, la Torá y los mandamientos. Si le quitas eso al judío lo destruyes.

A lo largo de la historia hemos visto cómo se ha querido anular la identidad hebrea (La Luz). Tenemos el caso de Esther, Ananías, Azarías, Misael y Daniel por mencionar personajes bíblicos. Sin embargo, a pesar de los intentos, lo que resulta de esto es finalmente el triunfo del judaísmo (La Luz). Lo mismo pasó en la historia de Janucá.

¿De qué manera se quería borrar la identidad judía?

Leemos en el libro de Macabeos lo siguiente:

El rey promulgó un decreto en todo su reino, ordenando que todos formaran un solo pueblo y renunciaran a sus propias costumbres. Todas las naciones se sometieron a la orden del rey y muchos israelitas aceptaron el culto oficial, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el shabat. Además, el rey envió mensajeros a Jerusalén y a las ciudades de Judá, con la orden escrita de que adoptaran las costumbres extrañas al país: los holocaustos, los sacrificios y las libaciones debían suprimirse en el Santuario; los shabatot y los días festivos debían ser profanados; el Santuario y las cosas santas debían ser mancillados; debían erigirse altares, recintos sagrados y templos a los ídolos, sacrificando cerdos y otros animales impuros; los niños no debían ser circuncidados y todos debían hacerse abominables a sí mismos con toda clase de impurezas y profanaciones, olvidando así la Ley y cambiando todas las prácticas. El que no obrara conforme a la orden del rey, debía morir. Mucha gente del pueblo, todos los que abandonaban la Ley, se unieron a ellos y causaron un gran daño al país, obligando a Israel a esconderse en toda clase de refugios. El día quince del mes de Kislev, en el año ciento cuarenta y cinco, el rey hizo erigir sobre el altar de los holocaustos la Abominación de la desolación. También construyeron altares en todas las ciudades de Judá. En las puertas de las casas y en las plazas se quemaba incienso. Se destruían y arrojaban al fuego los libros de la Ley que se encontraban. (1 Macabeos 1:41-56).

El Eterno permitió que esto pasara según el escritor de Macabeos debido a que varios habían abandonado las leyes de la Torá incluso antes de la envestida militar de Antíoco Epífanes. El Eterno en su pre-conocimiento, conocía del orgullo, la soberbia y la iniquidad del rey Griego y lo usó para sus propósitos y el cumplimiento de sus profecías sabiendo de antemano como respondería a la situación.

El judaísmo enseña quizás como ningún otro sistema la existencia del libre albedrío y que Dios no fuerza a nadie al mal. Los rabinos dejaron plasmado esto en varias frases, siendo la más popular, la famosa máxima: “Todo está en manos del cielo, excepto el temor al cielo” (Berajot 33b).

Sin embargo, El Eterno es todopoderoso para cumplir sus propósitos sin anular el libre albedrío de sus criaturas. Esto ha sido comparado a un juego de ajedrez, en ese juego Dios es el maestro y campeón de ajedrez y nosotros los seres humanos somos el jugador novato. Aunque movemos nuestras piezas por decisión propia, hay alguien por encima de nuestra sabiduría encaminando nuestros pasos y decisiones para cumplir un propósito, en este caso Dios.

El Eterno tenía que probar la firmeza de su pueblo. Ya que antes de la llegada del malvado Antíoco, algunos en el pueblo cambiaron su identidad por iniciativa propia como dice el relato:

De ellos surgió un vástago perverso, Antíoco Epífanes, hijo del rey Antíoco, que había estado en Roma como rehén y subió al trono el año ciento treinta y siete del Imperio griego. Fue entonces cuando apareció en Israel un grupo de renegados que sedujeron a muchos, diciendo: "Hagamos una alianza con las naciones vecinas, porque desde que nos separamos de ellas, nos han sobrevenido muchos males". Esta propuesta fue bien recibida, y algunos del pueblo fueron en seguida a ver al rey y este les dio autorización para seguir las costumbres de los paganos. Ellos construyeron un gimnasio en Jerusalén al estilo de los paganos, disimularon la marca de la circuncisión y, renegando de la santa alianza, se unieron a los paganos y se entregaron a toda clase de maldades. (1 Macabeos 1:10-15)

De aquí aprendemos que muchos males que nos ocurren son producto de nuestros actos, nos pasamos la vida culpando a otros de nuestros males y errores, cuando deberíamos primeramente escudriñar nuestros caminos.

A pesar de todo esto hubo un puñado de hombres conocidos como Jashmonaim que decidieron luchar por el legado espiritual que habían recibido y aunque eran pocos sabían que un pequeño acto positivo, en aras el cielo, mueve al universo entero. ¡Te das cuenta del potencial que tenemos todos los seres humanos! Si tan solo entendiéramos cabalmente este principio espiritual, y la importancia de nuestros pensamientos, palabras y acciones cambiaríamos nuestro mundo. Los sabios dicen: “Cuando yo cambié, cambió el mundo”

Si usamos la lógica es imposible que unos pocos judíos recuperaran el templo y lo re-dedicaran a pesar de la opresión de un gran ejército.

De ahí que Zejaría Hanaví escribiera: “No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu, dice el Eterno de los Ejércitos”.

Está escrito sobre los pocos que vencen a los muchos:

Cuando la vida de Matatías llegaba a su fin, este dijo a sus hijos: "Ahora reinan la insolencia y el ultraje, es tiempo de perturbación y de furor desencadenado. Por lo tanto, hijos míos, ardan de celo por la Ley, dando la vida por la Alianza de nuestros padres. Recuerden las obras que realizaron nuestros padres en su tiempo: así alcanzarán una inmensa gloria y una fama imperecedera. ¿Acaso Abraham no fue hallado fiel en la prueba y por eso Dios lo contó entre los justos? Yoséf, en el momento de la angustia, observó la Ley, y así llegó a ser señor de Egipto. Pinjás, nuestro padre, por su ardiente celo, recibió la alianza de un sacerdocio eterno. Yehoshua, por haber cumplido la palabra de Dios, llegó a ser juez en Israel. Caleb, por haber dado testimonio ante la asamblea, recibió una herencia en el país. David, por su piedad, heredó un trono real para siempre. Eliyahu, por su ardiente celo por la Ley, fue arrebatado al cielo. Ananías, Azarías y Misael, por haber confiado en Dios, fueron salvados de la llama. Daniel, por su integridad, fue librado de las fauces de los leones. Adviertan, entonces, que a lo largo de las generaciones los que esperan en él no sucumben jamás. No teman las amenazas de un hombre pecador, porque su gloria acabará en podredumbre y gusanos; hoy es exaltado y mañana desaparece, porque habrá vuelto al polvo de donde vino y sus proyectos quedarán frustrados. Por eso, hijos míos, sean valientes, y manténganse firmes en el cumplimiento de la Ley, ya que gracias a ella serán colmados de gloria. (1 Macabeos 2:49-64)

Estas conmovedoras palabras son la esencia misma de la celebración, los milagros que vinieron después, como el del aceite, son solo el resultado de la victoria espiritual, la firmeza y fidelidad a su identidad y legado como linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Di-s, para anunciar las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a su Luz admirable.

Esa fue su verdadera victoria. Sin duda muchos murieron por defender su creencia, la Torá y las Mitsvot, pero su legado ha llegado hasta nuestros días y eso los hace vencedores.

Finalmente y aprovechando la Parashá de la semana, hay un comentario muy interesante del Rabino Samuel Miskin shelita que quiero compartir.

Si contrastamos los sueños de los Reyes que aparecen en la Biblia como los de faraón (Génesis 41), el sueño de Nabucodonosor (Daniel 2) y aún el sueño de Alejandro el Grande, con los sueños de Yaacob (Génesis 28) y el sueño de otro Rey, Shelomó (1 Reyes 3) podemos aprender algo muy importante con respecto a Janucá.

Cada persona sueña con sus ilusiones y anhelos más caros. El faraón sueña con bienes materiales: ganado y cereales: Nabucodonosor con poder, Alejandro El Grande con la conquista del mundo. Yaacob con una escalera donde arriba de ella estaba Dios. El Rey Shelomó con sabiduría. Los dos primeros reyes amanecen perturbados, abatidos y desventurados, en el caso de Alejandro una muerte prematura.

En cambio Yaacob y Shelomó amanecen serenos, confiados y felices, de hecho para el sabio Rey Shelomó su sueño fue motivo de ofrendas y festejos.

Era comprensible, las vacas de hermoso aspecto y gruesas de carne; del sueño del faraón, acabaron siendo devoradas por las vacas flacas. Y la imagen grande y refulgente, del sueño de Nabucodonosor tenía la cabeza de oro, el pecho y brazos de plata, más los pies de barro, y con pies de barro no se puede llegar lejos.

Ningún imperio fundado en el materialismo perdura mil años, mas perdura por la eternidad el imperio fundado en el espíritu, imperio con el que soñaron Yaacob el patriarca de Israel y el sabio Rey Shelomó.

Los sueños de faraón y Nabucodonosor fueron también los sueños de los emperadores asirios, persas y griegos. Todos ellos soñaron con riqueza, gloria y poder, no deteniéndose ante nada en su empeño de conseguirlo.

Para nadie es un secreto que los griegos aportaron mucho a la civilización occidental, forjaron su cuerpo y su mente, pero dejaron a un lado el alma. El judaísmo en cambio, aportó a la humanidad los valores más elevados del espíritu: Justicia, Verdad y Paz.

Los griegos acompañaban sus convicciones con espada, en cambio los judíos con el Libro. El pueblo judío fue y será siempre el pueblo del Libro, del Libro Sagrado; de la Torá.

Janucá entonces significa el triunfo del espíritu sobre la materia, del Libro sobre la espada y de la verdad sobre la mentira.

Que sea la voluntad del Eterno, bendito sea, que esta celebración nos de la fuerza espiritual para ser firmes y fieles a la Torá a pesar de las pruebas y el materialismo que nos seduce constantemente a dejar la espiritualidad, nuestra esencia.

Am Israel jai.

Prof. José Alberto Fuentes.

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